CRÓNICA PATEADA 231

Río Gorgua- Esmoriz
Padrende (Baixa Limia - Ourense) 28/10/2017

Salimos del cruce de San Amaro hacia Padrende sobre las diez y veinte, lo hacemos por un camino asfaltado franqueado por vegetación seca y árboles pelados. Atravesamos un lugar con algunas casas y una carretera, para adentrarnos ya en el bosque del lugar.

La primera visita está en las alturas. Se trata de un mirador en ofrenda al Arcángel San Miguel. Además de las vistas, contiene una pequeña capillita, cerrada al público, que custodia sus reliquias.

La siguiente parada se hace atendiendo a una lugareña de Monterredondo de Padrende, según ella dijo con voz orgullosa. Nos comentaba las delicias de su pueblo y cómo los jóvenes no sabían apreciarla y se marchaban de él. Ingratos !.

Después de despedirnos de la buena señora, nos refrescamos con el agua de una fuente falangista construida en 1961. Su escudo con flechas entrecruzadas estaba recién pintado de color rojo. Ya fresquitos, el guía quiso explicarnos con el ejemplo, por qué se llamaba Monterredondo: dimos una primera vuelta para ver no sé qué roca con aspecto extraño que emanaba de la tierra justo al lado de una casa, con la que compartía pared; la siguiente vuelta fue para comprobar si sabíamos orientarnos. Cuando quedó claro que estábamos en Monterredondo, tomamos la verdadera salida.

Volvemos a caminos asfaltados que atraviesan zonas boscosas, para incorporarnos ya al bosque con caminos alfombrados de hojas secas. Cada núcleo de casitas que pasábamos, encontrábamos la misma estampa: hórreos enormes que tuvieron mejores tiempos, casas que ahora no son más que un montón de piedras que conservan aún la estructura, y alguna casita rehabilitada de gente que añora su tierra.

Uno de esos núcleos de casitas es Quintana, allí solamente nos llamó la atención una sombra de oso que asomaba en las alturas. Se trata del mirador, que como no tendría muchos visitantes le incorporaron varios tiros de escaleras para vagos. ¡Ah! y a mitad del recorrido de las escaleras, añadieron una fuente y un banco, no vaya a ser…
En este mirador, cobró protagonismo una plancha negra con forma de oso; todo el mundo quería hacerse una foto en su compañía.

El próximo punto de interés es un bosque caducifolio, autóctono de Galicia,  que habitaba una ladera casi impenetrable, entre el río y el camino que pisábamos. El guía tuvo que enfatizar este hecho, para que no pasase desapercibido por los despistados caminantes.

En un tramo del camino en pendiente, clavado en un árbol a la altura de la vista, de la gente de altura media, claro, había dos letreros: uno decía sin más: “ZONA PELIGROSA”, el otro hacía publicidad de una ruta con el tipo de letra que mete miedo: “Ruta do Inferno. BAIXADA INFERNAL”. Coño, que razón tenían, el camino estaba lleno de hojas y de vez en cuando había piedras separadas. A nadie en su sano juicio se le ocurriría meter por allí, sin la debida advertencia, una ruta del IMSERSO. No quiero ni pensar en los atropellos de viejecitas con andador, atascos de los más adelantados con el bastón entre las piedras, e incluso alguna fractura de cadera con un tropezón con los agachados buscando su dentadura.

Este infernal sendero nos remite a un pueblo llamado Gorgua, creo. En él había un merendero cerca del río, situado a la sombra, que parecía llamarnos para comer. Ya eran las dos de la tarde y había partidarios de tal menester, pero el guía pretendía alargar un poco la distancia y que ganásemos el sustento, así que le seguimos carretera arriba y cuando todo el mundo se resigna, se da la vuelta y vuelve al merendero, no para comer, sino para tomar un sendero que partía de allí rio abajo.

El sendero nos lleva otra vez al mismo pueblo, pero con entrada por otro extremo. Pocos se fijaron en un portal de un escultor de reciclaje. Tenía en cada columna del portal una obra de arte, creada con piezas de reciclaje soldadas para formar la figura.

Daban ya las dos y media en el campanario, cuando llegamos a una zona del río que parecía propicia para comernos el bocadillo.  junto a un molino, con una pequeña mesa solo para dos. No tenía  las mesas ni bancos como la anterior, pero no sería lo mismo si no comemos sentados en el suelo, o los más afortunados en una piedra. Afortunados no por la piedra, sino porque no esté afilada, porque la cosa no tiene gracia, pero podría partirse el culo.

No tenía mesas, pero a su favor, tenía un puente romano milenario, en el que nos hicimos varias fotos simultáneas de grupo, anverso y reverso, cara y cruz, de cara y de culo.

El camino que nos esperaba, era muy otoñal, transcurría a los márgenes del río Gorgua. Estaba plagado de hojas y a los márgenes había árboles enormes que ya estaban huecos. Atravesamos alguna pasarela de madera y caminos señalizados con troncos que dibujaban el camino. Contemplábamos pequeñas cataratas aunque no estaban en su esplendor.

A la altura de Freáns, había un enorme arco que soportaba el puente por donde transcurría la carretera. Estaba construido en arco de medio punto y con piedra, al estilo romano. El arco daba paso al tímido Gorgua que apenas llevaba agua.

En las cercanías del puente, había una iniciativa de parque que se quedó en palco y mesas. El palco fue aprovechado por un espontáneo que se dirigió a las masas con profundos razonamientos filosóficos. Parece ser que en el 2005 había que gastar pasta del Fondo Social y no se les ocurrió otra cosa (estaba subvencionado por la Consellería de Traballo e Benestar y cofinanciado en un 80% por el Fondo Social Europeo, según un letrero pegado a un derrumbado molino.)

En un momento del camino, apareció un batracio camuflado en el verde musgo del muro. Unas decían que era un sapo, otros que era una rana. Dudaban de si un beso conseguiría arrancar de su conjuro a Angelina Jolie o si el atrapado sería Brad Pitt. Todos quedamos con la duda.

Fue en Gresufe, donde unos recolectores de madroños rompieron la continuidad de la fila de caminantes. Un irresponsable se queda a esperarlos para indicarles por dónde continúa el camino y consigue que solo se extravíen cuatro, incluido él.

En la tapería San Caetano, el guía tenía negociadas unas tortillas para acompañar las cañas. Nos repartimos en las pequeñas mesas que había fuera y entre pullas y risas, algunos conseguimos probar la tortilla y el embutido de chorizo y salchichón que adornaba cada plato. ¡Ah!, si eres de los que toma cañita con limón, corre y pídelo de primero. Parece que hay un acuerdo de camareros, no escrito, que obliga a dejarlos para el último.

Todo muy rico.
Después de los abrazos, besos y despedidas…
Desde aquí… cada mochuelo a su olivo,
¡Hasta la próxima! Agur…

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